círculos de Hierocles

Hay personas por las que sentimos preocupación casi de manera automática: nuestros hijos, nuestra pareja, un amigo cercano. Si sufren, algo en nosotros responde. Pero cuanto más lejos está alguien de nuestro mundo inmediato, más difícil puede resultar sentir esa misma cercanía.

Los estoicos comprendieron este problema hace casi dos mil años. Y uno de ellos, Hierocles, propuso una imagen sencilla para trabajarlo: imaginar nuestra vida como una serie de círculos concéntricos y aprender, poco a poco, a acercar hacia nosotros a quienes ocupan los círculos más alejados.

Los círculos de Hierocles convierten así una idea filosófica —la pertenencia a una comunidad humana— en una práctica concreta. No exigen sentir el mismo afecto por todo el mundo. Nos invitan a ampliar deliberadamente nuestra consideración por los demás.

En una época de discusiones permanentes, aislamiento, polarización y vínculos cada vez más mediados por pantallas, aquella propuesta resulta sorprendentemente actual.

¿Quién fue Hierocles y qué representan sus círculos?

Hierocles fue un filósofo estoico activo durante el siglo II d. C. Parte de su obra Elementos de ética se conserva, mientras que otras ideas llegaron hasta nosotros mediante fragmentos transmitidos por autores posteriores.

A diferencia de figuras mucho más conocidas como Séneca, Epicteto o Marco Aurelio, Hierocles no suele aparecer en las primeras lecturas sobre estoicismo. Sin embargo, su pensamiento aporta algo esencial: muestra con especial claridad que el estoicismo no consiste únicamente en desarrollar fortaleza individual.

También implica aprender a relacionarnos mejor con otros.

Hierocles imaginaba a cada persona situada en el centro de varios círculos. El primero comprende al propio individuo. Después aparecen quienes están más próximos: la familia cercana, otros familiares y, progresivamente, vecinos, conciudadanos, miembros de comunidades más amplias y, finalmente, toda la humanidad. Las reconstrucciones modernas varían en el número exacto de círculos, pero la dirección moral de la imagen es clara: nuestra preocupación suele disminuir con la distancia.

El ejercicio consiste en intentar contraer esos círculos, acercando moralmente a quienes percibimos como lejanos.

No se trata de fingir que un desconocido significa para nosotros exactamente lo mismo que un hermano. Se trata de reducir la indiferencia.

Los círculos de Hierocles y la empatía estoica

La palabra “empatía” pertenece a un vocabulario moderno y no describe por sí sola toda la ética estoica. Aun así, sirve para entender una parte importante del ejercicio.

El estoicismo considera al ser humano un ser racional y social. Desde Zenón de Citio hasta los estoicos romanos aparece repetidamente la idea de que vivir bien no puede reducirse a perseguir intereses privados. La virtud incluye la justicia y, por tanto, nuestra manera de tratar a otras personas.

Aquí entra en juego una noción estoica conocida como oikeiosis. El término es difícil de traducir con una sola palabra, pero puede entenderse como un proceso de reconocimiento o familiarización: primero reconocemos como propio nuestro cuerpo y nuestra conservación y, progresivamente, extendemos esa preocupación hacia otros. En Hierocles, esta reflexión está estrechamente ligada a nuestros deberes y relaciones sociales.

Los círculos vuelven visible ese proceso.

Nuestra tendencia espontánea es pensar:

“Esto me importa porque me afecta a mí”.

La práctica estoica intenta ampliar la frase:

“Esto también merece mi atención porque afecta a otro ser humano”.

Ese desplazamiento parece pequeño, pero transforma muchas decisiones cotidianas.

La empatía no significa aprobar todo

Existe una diferencia importante entre comprender a alguien y estar de acuerdo con él.

Podés considerar las circunstancias de una persona y, al mismo tiempo, juzgar equivocada su conducta. Podés tratar con dignidad a un compañero de trabajo y negarte a aceptar un abuso. Podés comprender el miedo detrás de una reacción agresiva sin justificar la agresión.

Para los estoicos, la benevolencia no elimina el juicio racional.

Marco Aurelio se recordaba constantemente que debía convivir con personas difíciles sin convertirse él mismo en alguien injusto. Epicteto insistía en observar los juicios que hay detrás de las acciones humanas. Y Musonio Rufo entendía la filosofía como una educación práctica del carácter, no como una colección de ideas agradables.

Esta distinción conecta con otro tema central del estoicismo: la dicotomía del control. No controlamos cómo piensa, habla o actúa otra persona. Sí podemos trabajar sobre nuestra respuesta, nuestros límites y nuestra conducta.

Ampliar el círculo no significa entregarles a otros el control de nuestra vida.

Significa intentar actuar con justicia incluso cuando sería más fácil responder desde el desprecio.

Cómo practicar los círculos en la vida cotidiana

La propuesta de Hierocles adquiere verdadero valor cuando deja de ser un diagrama y empieza a intervenir en decisiones concretas.

1. En una discusión de trabajo

Imaginá que un compañero rechaza una idea que preparaste durante días.

La primera reacción puede ser defensiva: “Está intentando perjudicarme”.

Antes de responder, ampliá el círculo.

Preguntate qué información puede tener esa persona, qué presión está soportando o qué preocupación intenta resolver. Esto no obliga a darle la razón. Solo evita reducirla inmediatamente al papel de enemigo.

Desde ahí podés defender tu posición con más claridad y menos resentimiento.

2. En los conflictos familiares

Curiosamente, las personas que ocupan nuestros círculos más cercanos pueden ser aquellas con las que menos paciencia tenemos.

Esperamos que comprendan nuestras necesidades sin explicarlas. Interpretamos una demora como falta de interés o una crítica como rechazo.

Practicar los círculos también significa mirar de nuevo a quienes damos por conocidos.

Antes de reaccionar, preguntate: “¿Estoy viendo a esta persona como es ahora o estoy reaccionando a una historia que llevo años repitiéndome?”.

Aquí el estoicismo se encuentra con una práctica más amplia de atención sobre nuestros juicios.

3. Frente a un desconocido

Un conductor te encierra en el tránsito. Alguien tarda demasiado en una fila. Un cliente escribe un mensaje desagradable.

Son situaciones pequeñas, pero precisamente por eso constituyen un excelente entrenamiento.

La reacción automática crea una frontera: yo contra ese idiota.

El círculo de Hierocles propone otra posibilidad: recordar durante unos segundos que enfrente hay una persona con preocupaciones, cansancio, errores y miedos que desconocemos.

Quizás siga habiendo una conducta incorrecta.

Lo que desaparece es la necesidad de deshumanizar.

Una práctica diaria de cinco minutos

Podés convertir los círculos en un breve ejercicio de reflexión.

Pensá primero en vos mismo. Observá tus preocupaciones actuales sin exagerarlas ni ignorarlas.

Después elegí a alguien cercano. Deseale racionalmente un bien: claridad, salud, fortaleza o sabiduría.

Pasá luego a alguien con quien tengas una relación menos cercana: un vecino, un compañero o una persona que ves ocasionalmente.

Después pensá en alguien que te resulte difícil.

Finalmente, ampliá la imagen hacia personas que no conocés: habitantes de otra ciudad, otra cultura o incluso personas cuyas ideas son muy diferentes de las tuyas.

No necesitás producir una emoción intensa.

El objetivo es ejercitar una mirada.

Podés formular una pregunta sencilla:

¿Cómo actuaría hoy si recordara que esta persona pertenece al mismo círculo humano que yo?

La respuesta puede ser llamar a un familiar, escuchar mejor a un compañero, contener una respuesta impulsiva, ayudar a alguien o simplemente abandonar durante unos minutos la costumbre de juzgar demasiado rápido.

Del interés propio al cosmopolitismo estoico

Los círculos de Hierocles están relacionados con una de las ideas más ambiciosas de la tradición estoica: el cosmopolitismo.

Para los antiguos estoicos, nuestra identidad no termina en la familia, la ciudad o la nación. Formamos parte de una comunidad humana mucho más amplia. Zenón ya había planteado una concepción radicalmente comunitaria del ser humano, y la tradición posterior continuó desarrollando la idea de una ciudadanía universal fundada en nuestra naturaleza racional y social.

Esto no exige abandonar los vínculos particulares.

Podemos querer especialmente a nuestros hijos sin despreocuparnos de los hijos de otros. Podemos sentir afecto por nuestra ciudad sin considerar inferiores a quienes nacieron lejos. Podemos defender nuestras convicciones sin convertir en enemigos morales a todos los que piensan distinto.

Hierocles propone ampliar, no destruir, nuestros vínculos.

Ese matiz resulta fundamental.

Empatía, justicia y virtud

La utilidad más profunda de esta práctica aparece cuando comprendemos que la empatía no es el objetivo final.

Para el estoicismo, el objetivo es vivir virtuosamente.

La empatía puede ayudarnos a practicar justicia. Puede reducir la ira innecesaria. Puede recordarnos que las personas actúan desde creencias, necesidades y circunstancias que no siempre conocemos.

Pero también necesita de la prudencia.

A veces actuar justamente exige ayudar. Otras veces exige decir no. En determinados vínculos puede requerir distancia. Frente a una conducta dañina, comprender al otro no elimina la necesidad de poner límites.

Este punto puede ampliarse mediante una reflexión sobre las cuatro virtudes estoicas, especialmente la justicia, y también conecta con la práctica de controlar nuestros juicios antes de reaccionar.

La pregunta estoica nunca es únicamente “¿qué siento por esta persona?”.

Es también:

“¿Qué conducta depende de mí y sería digna de mi mejor carácter?”

Libros para profundizar en esta idea

Quien quiera conocer a Hierocles más allá de las referencias habituales puede buscar Hierocles the Stoic: Elements of Ethics, Fragments, and Excerpts, editado a partir de sus textos conservados y fragmentos por Ilaria Ramelli. Es una obra especialmente útil para lectores interesados en profundizar en las fuentes filosóficas.

Para una entrada más general al estoicismo práctico, también pueden resultar valiosos Cómo ser un estoico, de Massimo Pigliucci, y El arte de la buena vida, de William B. Irvine.

Y para entender cómo la filosofía estoica transforma las relaciones cotidianas, siempre conviene volver a las fuentes: las Meditaciones de Marco Aurelio, las Disertaciones de Epicteto y las Cartas a Lucilio de Séneca.

Ninguno sustituye a Hierocles, pero todos ayudan a comprender una misma intuición: el carácter se revela en nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Acercar un círculo cada día

Es relativamente fácil sentir compasión por quienes amamos. El verdadero entrenamiento comienza cuando aparece alguien que no conocemos, que nos incomoda o que pertenece a un grupo que solemos considerar lejano.

Ahí los círculos de Hierocles dejan de ser una curiosidad de la filosofía antigua.

Se convierten en una pregunta práctica.

¿Podemos acercar un poco a esa persona?

No hace falta sentir por todos lo mismo. Tampoco renunciar a nuestros criterios, límites o responsabilidades. Basta con impedir que la distancia se transforme automáticamente en indiferencia y que la diferencia termine convirtiéndose en desprecio.

Podés practicarlo hoy en una conversación, en una reunión, mientras conducís o cuando leas una opinión que te irrite.

Antes de decidir qué pensar del otro, recordá el círculo más amplio.

Los dos pertenecen a él.

Y quizá una parte esencial de vivir con virtud consista precisamente en aprender a no olvidarlo.

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