Vivimos en una época extraña. Nunca tuvimos tanto acceso a la vida de otros y, al mismo tiempo, nunca estuvimos tan confundidos respecto a nuestra propia posición en el mundo. Seguimos a personas que no nos conocen, opinamos sobre sus decisiones y sentimos cercanía, admiración o rechazo como si formaran parte de nuestro círculo íntimo. A este fenómeno se lo conoce como relaciones parasociales, y aunque no nació con las redes sociales, hoy se ha convertido en una de las experiencias más comunes —y menos reflexionadas— de la vida digital.
Desde una mirada estoica, el problema no es la fama ni la admiración en sí, sino la pérdida del centro: ese punto interior desde el cual evaluamos qué depende de nosotros y qué no, qué vale la pena atender y qué conviene soltar. Explorar las relaciones parasociales desde el estoicismo no es un ejercicio académico: es una necesidad práctica para preservar la autonomía emocional en un entorno diseñado para capturar atención.
Qué son las relaciones parasociales y por qué nos afectan
El término “relación parasocial” fue acuñado en 1956 por Horton y Wohl para describir el vínculo unidireccional que una audiencia desarrolla con figuras públicas. En aquel entonces hablaban de presentadores de televisión o actores de cine. Hoy, el concepto se amplía a influencers, streamers, divulgadores, escritores, periodistas y hasta pensadores.
La clave está en la asimetría: una parte invierte tiempo, emoción y atención; la otra, en la mayoría de los casos, no sabe que esa persona existe. El problema no es cognitivo —sabemos racionalmente que no hay reciprocidad—, sino emocional. Nuestro sistema afectivo no distingue tan bien entre una interacción real y una simulada.
Aquí aparece una primera advertencia estoica. Epicteto insistía en que no son las cosas las que nos perturban, sino los juicios que hacemos sobre ellas. El contenido que consumimos no es neutro: moldea nuestros deseos, expectativas y comparaciones. Cuando idealizamos vidas ajenas, el juicio implícito es claro: “esto es valioso, y yo carezco de ello”.
La fama como objeto indiferente
En el estoicismo clásico, la fama pertenece a la categoría de los indiferentes: cosas que no son ni buenas ni malas en sí mismas. Cicerón, en Tusculanas, ya advertía que el deseo de reconocimiento externo suele esclavizar más de lo que libera. No porque la fama sea intrínsecamente negativa, sino porque nos coloca bajo el juicio cambiante de otros.
Este punto es crucial para entender las relaciones parasociales modernas. Admirar a alguien por su trabajo, su claridad intelectual o su ejemplo vital puede ser razonable. Convertir esa admiración en una medida de nuestro propio valor no lo es. Musonio Rufo, maestro de Epicteto, defendía una vida filosófica sobria, orientada al carácter, no al aplauso.
Desde esta perspectiva, la fama no es un logro moral. Puede acompañar a la virtud, pero no la garantiza. Y, sobre todo, no está bajo nuestro control.
Comparación, envidia y pérdida de agencia
Uno de los efectos más corrosivos de las relaciones parasociales es la comparación constante. No nos comparamos con vecinos o colegas, sino con versiones curadas y optimizadas de personas que viven de mostrarse. El resultado suele ser una sensación difusa de insuficiencia.
Séneca, en De la brevedad de la vida, advertía que gran parte de nuestra existencia se nos escapa mirando hacia afuera, ocupados en vidas ajenas. Cambiemos “el foro” por “el feed” y el diagnóstico sigue vigente. El tiempo que invertimos en observar sin criterio es tiempo que no dedicamos a cultivar nuestras propias capacidades.
Aquí el estoicismo propone una práctica simple pero exigente: volver a lo propio. Preguntarnos, cada vez que algo nos afecta, si está dentro de nuestro ámbito de acción. La vida de una celebridad, su éxito o su caída, no lo está. Nuestra atención, sí.
El yo digital y la tentación de la fama reflejada
Las relaciones parasociales no solo operan hacia afuera. También moldean cómo nos mostramos. Al consumir fama, aprendemos sus códigos: qué decir, cómo posar, qué emociones exhibir. Sin darnos cuenta, empezamos a construir un “yo” que espera validación.
Marco Aurelio, en sus Meditaciones, recordaba que la aprobación de los demás es un viento inestable. Hoy ese viento sopla en forma de likes, visualizaciones y seguidores. El riesgo es vivir pendientes de métricas que no controlamos y confundir visibilidad con valor.
Autores contemporáneos han abordado este fenómeno desde otros ángulos. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe cómo la autoexposición constante termina agotando al sujeto, que ya no se explota por obligación externa, sino por deseo de reconocimiento. Cal Newport, en Minimalismo digital, propone reducir deliberadamente la presencia online para recuperar profundidad y atención.
Ambos enfoques dialogan bien con el estoicismo: menos dispersión, más intención.
Admirar sin disolverse
No todo vínculo parasocial es negativo. La filosofía antigua se transmitía, en gran parte, a través de la admiración. Plutarco, en Vidas paralelas, utilizaba ejemplos biográficos para inspirar reflexión moral. La clave está en cómo admiramos.
Admirar de forma estoica implica separar el ejemplo del ídolo. Tomar una virtud concreta —disciplina, claridad, coraje— y preguntarnos cómo aplicarla en nuestro contexto, sin copiar vidas ni desear destinos ajenos. El problema comienza cuando dejamos de vivir la nuestra.
Un buen criterio práctico es este: si el contacto con una figura pública nos impulsa a actuar mejor, aprender o reflexionar, probablemente sea saludable. Si nos deja paralizados, resentidos o distraídos, conviene revisar el vínculo.
Ejercicios estoicos para no perder el centro
El estoicismo no se limita a ideas; propone ejercicios. Algunos especialmente útiles frente a las relaciones parasociales son:
- Dieta de atención: decidir conscientemente a quién y cuánto seguimos. La atención es un recurso finito.
- Premeditatio malorum digital: imaginar cómo nos sentiríamos si mañana desaparecieran esas cuentas. ¿Qué quedaría de nuestra vida cotidiana?
- Diario estoico: al final del día, registrar qué contenidos nos afectaron emocionalmente y por qué.
- Memento mori aplicado: recordar que tanto nosotros como esas figuras públicas somos transitorios. La fama no suspende la condición humana.
Estos ejercicios no buscan aislamiento, sino soberanía interior.
Conclusión: recuperar el eje en tiempos de exposición
Las relaciones parasociales son un fenómeno inevitable en la cultura contemporánea. Pretender eliminarlas sería ingenuo. El desafío, desde el estoicismo, es habitarlas sin perder el centro. No delegar nuestra tranquilidad, autoestima o sentido en vidas que no nos pertenecen.
Como recordaba Marco Aurelio, “la tranquilidad viene de hacer bien lo que depende de ti”. En un mundo saturado de rostros, historias y opiniones, esta idea es más actual que nunca. Volver al centro no es desconectarse del mundo, sino relacionarse con él desde la medida justa.
Si el estoicismo sigue siendo relevante hoy es precisamente por esto: porque nos ofrece criterios claros para navegar la complejidad sin disolvernos en ella.
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