Una enfermedad cambia la escala de las cosas.
De pronto, actividades que antes parecían automáticas —levantarse, dormir bien, trabajar, caminar, concentrarse o hacer planes— pueden exigir más energía. Una molestia que se prolonga empieza a ocupar espacio mental. Una enfermedad crónica introduce además una incertidumbre particular: quizás no exista un momento claro en el que podamos decir que todo terminó y volvimos a la normalidad.
En esas circunstancias resulta comprensible sentir cansancio, miedo, frustración o enojo.
El estoicismo no ofrece una fórmula para dejar de sentirlos. Tampoco propone soportar una enfermedad en silencio ni reemplazar la atención médica por fortaleza mental. Una actitud estoica frente a la enfermedad empieza precisamente por reconocer la realidad: cuidar el cuerpo con los recursos disponibles y, al mismo tiempo, trabajar sobre nuestra manera de responder a aquello que no podemos modificar inmediatamente.
La relación entre estoicismo y enfermedad tiene además una larga historia. Epicteto convivió con importantes limitaciones físicas. Séneca sufrió problemas de salud durante distintos períodos de su vida. Marco Aurelio atravesó epidemias, guerras y pérdidas mientras también lidiaba con su propia fragilidad.
Para ellos, la enfermedad planteaba una pregunta profundamente filosófica: si no siempre podemos elegir lo que le ocurre al cuerpo, ¿qué parte de nuestra vida sigue dependiendo de nosotros?
Estoicismo y enfermedad: empezar por separar dos problemas
Cuando aparece una dolencia existen, en cierto sentido, dos dificultades.
La primera es la enfermedad misma.
Puede haber dolor, fatiga, limitaciones, incertidumbre y tratamientos incómodos. Todo eso es real y merece atención médica adecuada.
La segunda dificultad está formada por las interpretaciones que construimos alrededor de lo que ocurre.
“Mi vida ya no va a volver a ser igual.”
“No voy a poder soportarlo.”
“Esto arruinó todos mis planes.”
“¿Por qué precisamente a mí?”
Algunas de estas preocupaciones pueden ser razonables. Pero otras multiplican un sufrimiento que todavía pertenece al futuro.
Epicteto ofrece una herramienta particularmente útil para distinguir ambas dimensiones. En el Manual y en las Disertaciones, insiste en separar aquello que depende de nosotros de aquello que no está enteramente bajo nuestro control.
No elegimos tener una enfermedad.
Sí podemos decidir si buscamos asistencia profesional, seguimos un tratamiento indicado, hacemos preguntas, cuidamos nuestros hábitos dentro de nuestras posibilidades y comunicamos nuestras necesidades.
No podemos controlar completamente la evolución de una dolencia.
Sí podemos trabajar sobre cómo utilizamos el día que tenemos delante.
Una buena aproximación a estas ideas puede encontrarse tanto en las obras de Epicteto como en Un manual de vida, la interpretación contemporánea de Sharon Lebell.
Epicteto: el cuerpo importa, pero no define todo lo que somos
Epicteto conoció personalmente la fragilidad física. La tradición antigua lo describe con una discapacidad en una pierna, aunque los detalles sobre su origen no son completamente seguros.
Lo importante filosóficamente es cómo piensa el cuerpo.
Para Epicteto, nuestra capacidad de elección moral conserva un valor especial incluso cuando las circunstancias externas se vuelven difíciles. La salud es naturalmente preferible a la enfermedad, pero no determina por sí sola si una persona vive con dignidad, justicia o valentía.
Esta idea requiere cuidado.
El estoicismo no dice que la salud “no importe”.
Claro que importa.
Sentirse bien permite disfrutar, trabajar y realizar muchas actividades con mayor facilidad. Buscar tratamiento es perfectamente compatible con una vida estoica.
Lo que el estoicismo cuestiona es algo diferente: que nuestra posibilidad de vivir con sentido dependa completamente de conservar unas condiciones físicas ideales.
Una enfermedad puede limitar muchas acciones.
Pero quizá todavía podamos ser pacientes.
Agradecer.
Escuchar.
Aprender.
Ser buenos amigos.
Pedir ayuda con humildad.
Tratar correctamente a las personas que nos cuidan.
Aceptar una limitación sin convertirla automáticamente en una condena sobre toda nuestra existencia.
Ese pequeño espacio de libertad interior es uno de los terrenos centrales del estoicismo.
Séneca y la experiencia de estar enfermo
Séneca escribió sobre la enfermedad desde una experiencia mucho más cercana de lo que a veces recordamos.
Durante su juventud sufrió graves problemas de salud y en sus Cartas a Lucilio aparecen numerosas referencias al cuerpo, el dolor, la vejez y la vulnerabilidad.
Su enfoque no consiste en fingir que el sufrimiento físico es agradable.
Consiste en evitar que el estado del cuerpo dicte automáticamente el estado completo de la mente.
Esta diferencia puede verse en una situación cotidiana.
Una persona atraviesa una semana con migrañas recurrentes.
El dolor constituye el primer problema.
Pero después pueden aparecer pensamientos adicionales:
“Estoy perdiendo toda la semana.”
“No puedo hacer nada.”
“Siempre va a ser así.”
Es posible reconocer algo más preciso:
“Hoy tengo dolor. Necesito cuidarme y ajustar mis planes.”
La segunda formulación no niega la dificultad. Simplemente evita convertir una experiencia presente en una profecía sobre toda la vida.
En Sobre la tranquilidad del alma, Séneca explora precisamente nuestra tendencia a vivir inquietos, saltando entre expectativas, deseos y preocupaciones. Esa obra puede resultar especialmente interesante cuando una enfermedad obliga a reducir el ritmo y aparecen pensamientos que antes permanecían ocultos bajo la actividad cotidiana.
La frustración de no poder hacer lo mismo que antes
Una enfermedad prolongada puede modificar nuestra identidad.
Quizá antes entrenábamos cuatro veces por semana y ahora una caminata breve nos agota.
Tal vez trabajábamos jornadas extensas y debemos introducir descansos.
Quizá éramos la persona que cuidaba a otros y ahora necesitamos que nos cuiden.
Esta transformación puede doler incluso cuando la enfermedad no es grave.
Porque no solamente perdemos capacidad.
También aparece una comparación constante con nuestra versión anterior.
“Antes podía.”
“Antes tenía energía.”
“Antes no necesitaba pedir ayuda.”
Marco Aurelio puede ofrecer aquí una perspectiva particularmente fértil. En Meditaciones recuerda repetidamente que la naturaleza está atravesada por el cambio.
Nada permanece completamente igual.
Nuestra apariencia cambia.
Nuestro trabajo cambia.
Las personas que nos rodean cambian.
El cuerpo también cambia.
Aceptar esto no significa alegrarse por cada pérdida.
Significa evitar agregar a una situación difícil la exigencia imposible de que el presente sea idéntico al pasado.
Pierre Hadot analiza con enorme profundidad estos ejercicios mentales en La ciudadela interior. Su lectura ayuda a comprender que Marco Aurelio no trataba simplemente de “pensar positivo”, sino de reajustar constantemente su juicio a la realidad que tenía delante.
No convertir la enfermedad en toda nuestra identidad
Existe otro riesgo.
Después de convivir durante mucho tiempo con síntomas, consultas, estudios o tratamientos, la enfermedad puede comenzar a ocupar toda nuestra narrativa personal.
Hablamos de ella.
Pensamos en ella.
Organizamos todo alrededor de ella.
A veces las circunstancias realmente lo requieren.
Pero incluso dentro de una enfermedad crónica podemos preguntarnos:
¿Qué partes de mi vida siguen existiendo además de esto?
Seguimos teniendo relaciones.
Curiosidades.
Valores.
Recuerdos.
Intereses.
Capacidad para aprender.
Capacidad para apreciar determinados momentos.
Viktor Frankl abordó desde otro contexto extremo esta cuestión del sentido. En El hombre en busca de sentido, reflexiona sobre la posibilidad de conservar una orientación interior incluso en circunstancias que reducen drásticamente nuestra libertad externa.
No significa romantizar el sufrimiento.
No toda enfermedad “ocurre por algo”.
No necesitamos agradecer estar enfermos.
Pero quizá podamos impedir que la enfermedad tenga la última palabra sobre quiénes somos.
Cuando aceptar no significa rendirse
La palabra aceptación suele generar resistencia.
Parece significar:
“Dejá de intentar mejorar.”
Pero el sentido estoico es muy distinto.
Supongamos que una persona desarrolla una enfermedad crónica.
Puede consultar especialistas, seguir un tratamiento, modificar hábitos y continuar investigando opciones junto con profesionales de la salud.
Todo eso pertenece a la acción.
Al mismo tiempo puede reconocer:
“Hoy esta es mi situación.”
Esa aceptación evita gastar energía mental luchando contra el hecho de que algo ya está ocurriendo.
La paradoja es que aceptar la realidad muchas veces permite responder mejor a ella.
Negar una limitación puede llevarnos a excedernos.
Aceptar temporalmente que necesitamos descanso puede ayudarnos a recuperarnos.
Ryan Holiday desarrolla esta capacidad de trabajar con las circunstancias en El obstáculo es el camino. El título puede interpretarse mal si creemos que todo problema debe convertirse necesariamente en una ventaja. La enseñanza más útil es más sobria: cuando aparece un obstáculo que no podemos eliminar inmediatamente, todavía podemos decidir cómo trabajar con él.
La enfermedad también pone a prueba nuestra paciencia
Los tratamientos tienen tiempos.
Las recuperaciones tienen tiempos.
El cuerpo tiene tiempos.
Y nosotros solemos tener otros.
Queremos estar bien mañana.
Queremos resultados después de una semana.
Queremos volver rápidamente a nuestra rutina.
Entonces cada día sin mejora parece un fracaso.
Aquí aparece la paciencia estoica.
La paciencia no consiste en resignarse.
Consiste en seguir realizando las acciones razonables sin exigir que el resultado llegue en la fecha que preferimos.
Si un médico indica un proceso de rehabilitación de meses, nuestra tarea cotidiana quizá sea mucho menos espectacular de lo que querríamos.
Hacer ejercicios.
Descansar.
Cumplir indicaciones.
Observar síntomas.
Volver a consulta cuando corresponda.
La mente quiere saltarse el proceso.
El cuerpo no siempre puede hacerlo.
La disciplina bien entendida consiste entonces en colaborar con la realidad, no en intentar intimidarla.
Este punto conecta naturalmente con una reflexión más amplia sobre la paciencia estoica frente a los procesos largos.
Pedir ayuda también puede ser una práctica de virtud
Una caricatura del estoicismo presenta al sabio como alguien completamente autosuficiente.
Los antiguos estoicos pensaban algo muy diferente.
El ser humano es un animal social.
Marco Aurelio repite que estamos hechos para cooperar. Hierocles imaginaba nuestras relaciones mediante círculos que se expanden desde nosotros mismos hacia familiares, ciudadanos y finalmente la humanidad.
Por eso recibir ayuda no es necesariamente fracaso.
Puede ser una oportunidad para practicar humildad.
Tal vez alguien deba acompañarnos a una consulta.
Quizá necesitemos delegar tareas.
Tal vez debamos explicar a nuestros compañeros de trabajo que durante un tiempo no podremos mantener el mismo ritmo.
La autosuficiencia absoluta es una fantasía.
Todos dependemos de otros durante distintas etapas de nuestra vida.
La enfermedad simplemente vuelve visible algo que siempre fue cierto.
Aceptar ayuda con gratitud también puede ser una forma de virtud.
No exigirnos una serenidad perfecta
Hay días en que una persona enferma estará tranquila.
Otros días tendrá miedo.
Puede sentirse cansada de tratamientos, irritada por una limitación o frustrada porque una mejoría tarda más de lo esperado.
Nada de eso demuestra un fracaso filosófico.
La filosofía estoica es práctica, no actuación.
Donald Robertson desarrolla esta relación entre estoicismo antiguo y herramientas psicológicas modernas en Piensa como un emperador romano. Uno de los aportes más valiosos de este enfoque consiste precisamente en entender que trabajar con nuestras emociones no significa reprimirlas.
Podemos reconocer:
“Hoy estoy preocupado.”
Y después preguntar:
“¿Qué parte de esta preocupación requiere una acción?”
Quizá necesitemos consultar a un profesional.
Quizá debamos solicitar información.
Quizá simplemente estemos anticipando posibilidades que todavía no ocurrieron.
La emoción aporta información.
No siempre tiene que convertirse en una conclusión.
Una práctica estoica para los días difíciles
Cuando una enfermedad ocupa demasiado espacio mental, podemos reducir la jornada a unas pocas preguntas.
¿Qué depende de mí hoy?
Tomar una medicación indicada.
Descansar.
Ir a una consulta.
Comer de acuerdo con las recomendaciones recibidas.
Pedir ayuda.
Realizar la actividad que sea razonable dentro de nuestras posibilidades.
¿Qué estoy intentando controlar y no puedo?
La velocidad exacta de la recuperación.
El resultado de un estudio que todavía no llegó.
La reacción de otras personas.
Todo el futuro de la enfermedad.
¿Qué virtud puedo practicar en esta situación?
Paciencia.
Valentía.
Templanza.
Gratitud.
Honestidad al reconocer nuestros límites.
¿Qué parte de mi vida sigue disponible hoy?
Quizá no podamos hacer todo.
Pero probablemente podamos hacer algo.
Una conversación.
Una lectura.
Un paseo breve si nuestra condición lo permite.
Escuchar música.
Trabajar durante un período limitado.
Estar presentes con una persona querida.
Una vida limitada temporalmente sigue siendo una vida.
Cuidar el cuerpo sin entregar toda la vida al miedo
Una actitud estoica ante la enfermedad no consiste en hacerse el fuerte.
Tampoco en ignorar síntomas, evitar médicos o convencernos de que todo depende de nuestra mentalidad. Ante síntomas nuevos, persistentes o preocupantes, la evaluación profesional sigue siendo necesaria; la filosofía puede acompañar el tratamiento, no reemplazarlo.
Su campo de acción es otro.
Nos ayuda a distinguir dolor de anticipación.
Realidad de interpretación.
Acción posible de preocupación inútil.
Nos recuerda que podemos tratar seriamente una enfermedad sin permitir que cada pensamiento gire alrededor de ella.
Séneca sabía que el cuerpo era frágil. Epicteto conocía las limitaciones físicas. Marco Aurelio vivió rodeado de enfermedad y mortalidad.
Ninguno encontró una fórmula para escapar de la condición humana.
Intentaron encontrar una manera digna de vivir dentro de ella.
Tal vez esa sea también la enseñanza más valiosa del vínculo entre estoicismo y enfermedad.
Cuidá aquello que pueda cuidarse.
Buscá ayuda cuando sea necesaria.
Seguí el tratamiento adecuado.
Permitite días difíciles.
No conviertas el miedo al futuro en una enfermedad adicional del presente.
Y recordá que, incluso cuando el cuerpo impone nuevos límites, todavía queda una pregunta profundamente estoica:
¿Cuál es la mejor manera de vivir este día tal como realmente es?
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